En la pared
Entredormida a su lado, siesta tardía del anochecer de un domingo compartido, hace de esto bastante tiempo. En la quietud de la tarde, olvidando mi presencia, olvidando quién era, olvidando lo vivido horas atrás, olvidando incluso que se había prometido a sí mismo no repetir la insólita ceremonia.
Extrañamente mientras él hacía, era como si yo supiera cada uno de los sitios por donde su mente vagaba, de repente todo él era transparente a mis ojos, esas cosas que sólo suceden dentro de los límites del amor, luego del amor y a causa del amor.
Alguna vez me había confesado en voz queda teñida de vino tinto, que entre sus secretos escondía un salvoconducto volátil que le permitía descubrir sitios que nadie podía imaginar. Y si bien luego agregaba que no podía contarme más, lo escuché burlarse de todos aquellos incapaces de llegar adónde él. Yo tenía una idea vaga de cómo el viaje iniciaba de una forma tan simple que despistaba al más despierto, pero inocentemente atribuía todo a su imaginación, generosa y extensa.
Esa tarde su impulso fue tan intenso que mi presencia se desvaneció en la compulsión del deseo alterado. Lo vi, como otras veces, colocando aquel enorme trozo de papel blanco opaco, resto de inmensos rollos industriales que solía incautar en alguno de los sitios que visitaba los sábados en el polo industrial.
Aquel pliego dejaba de ser tal una vez instalado con cinta engomada en la pared, para ser el mejor reflejo de las imágenes que poblaban su mente.
La razón se instalaba gloriosa de frente a la cartelera vacía, apoyado su cuerpo sobre las arrugadas sábanas que parecían ahora improvisada alfombra voladora inmóvil, transportando sus miedos por detrás de la cartulina, transformando su angustia perenne en surrealistas situaciones con algún sentido.
Detrás de lo que a simple vista parecía un muro más surgían pensamientos sin dueño que justificaban cada viaje, y por tanto, su vida entera.
Donde otros leen blanco con los ojos, él redescubre poderes que cree no poseer fuera de ese estado temporal. Le basta con aquella ceremonia simple de sentarse por horas, completamente inmóvil, la vista fija en aquel inmaculado espejo sordo, para ingresar en el silencio del desdoblamiento.
Su cuerpo queda allí prisionero de todo lo consumido mientras el resto de su ser no corpóreo se transporta a otros tiempos, sitios, espacios o realidades. En verdad ignoro a dónde huye pero deja de habitar esa cama donde yo le observo con más curiosidad que pena, en completa ignorancia.
Ahora él es Dios, un dios semidesnudo atrapado en un rústico papiro inerte que más tarde como testimonio albergará alguna que otra frase ingeniosa, curioso testimonio que será repetido recuerdo del último viaje... hasta el próximo...
Y dime... Quién posee el poder de impedir esta danza con la fantasía. O pretender siquiera detener el baile que le ayuda a escapar de todo pedacito de realidad, de esas que tanto le duelen, inmanejables "espantamos" que van y vienen como imágenes sueltas, que sólo desaparecen, cuando a los lejos, se escucha aquella canción que le oía cantar a su madre entremezclada con las risas de todos los que tanto lo amaban.
*****
La imagen pertenece a la artista japonesa Kumi Yamashita

