Escritos Insólitos
Hoy leí algo tuyo que me llenó de congoja. Ni te imaginás que pueda haber caído a mis manos ese texto, lo escribiste este 5 de enero, es un presente tan fresco que la tinta me ensució la pantalla del monitor. Lo que me estremeció fue no encontrarme en ese resumen personal. Y me invadió la diva Tristeza, esa tan particular que genera la indiferencia, la que no tiene el menor reparo y se abraza al Ego como si fuera su mejor amigo, medio traidora la tipa porque sabe que entabla una campaña en contra nuestro y la disfraza de víctima lastimada.
Preparar mis plantas para el viaje que debo hacer mañana por tres días, brindarles el agua de mi ausencia, ocuparme de asegurar su supervivencia, quitar las partes secas, removerles la tierra, rogarle al jazmín que a mi regreso me espere con flores blancas, y preguntarles a cada una sobre sus innumerables secretos me ayudó a recordar que de todas maneras, aún cuando vos no me ignoraras voluntariamente, no somos más que átomos dispersos en un universo infinito.
Los ojos de cualquier mujer que contengan en su mirada flechas de fuego capaces de encender tu corazón, cerrar tu estómago, o incapacitarte para pensar, alejando esa cuerda que a menudo te amenaza, aprovechando el paso del tiempo con el fantasma de la vejez, haciéndote sentir enamorado, no dejan de ser aún en lo poético, nada más que átomos ínfimos dentro del cosmos.
Donde el corazón no siempre es un juez competente que señala verredictos correctos, sino un romántico incurable que nos inventa un tamaño que no tenemos para disimular lo pequeñitos que realmente somos.
Entonces cuando ya casi terminaba de agregar agua fresca en el estanque ubicado en el sector del futuro, todo volvió a ocupar un lugar relativo entre ambos, en el mundo y dentro del tiempo circular que nos envuelve. Adiós congoja.
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